Ronde Van Vlaanderen (Tour of Flanders) Experience

Con la llegada de la primavera, llegan las grandes clásicas del ciclismo, esas carreras de uno o dos días que dan pie al inicio de la temporada, y teloneras de las grandes vueltas del ciclismo profesional.

Son carreras reconocidas por su dureza, distancia, dificultad y, sobre todo, por la gran emoción que aportan al espectador. Cada una de estas pruebas tiene sus peculiaridades en cuanto a recorrido y terreno, lo que permite a corredores que, en carreras por etapas trabajan para otros, tener la oportunidad de brillar y hacer historia.

La Ronde Van Vlaanderen o, más conocida como el Tour de Flandes, es sin duda una de las carreras estrella de la temporada. Se lleva a cabo en una de las zonas de Bélgica donde históricamente el ciclismo ha tenido (y tiene) un gran protagonismo y donde no solo es seguido por aficionados a este gran deporte, si no también, por gente que, a pesar de no practicarlo, ve esta prueba como una gran fiesta regional en la que familias enteras salen a la calle a animar, las carreteras y los pueblos se decoran de arriba a abajo, y encuentras celebraciones por todas partes con el fin de animar a los corredores y gozar de un gran espectáculo deportivo.

A pesar de que Bélgica es conocida por ser un terreno más bien llano y rodador, la característica más destacada del Tour de Flandes es que, parte del recorrido, transcurre por una zona de pequeñas colinas que conservan algunos tramos de carretera adoquinadas con grandes pendientes y que son conocidas como muros (Muur), los cuales provocan un pico de intensidad y esfuerzo que ponen al límite a cualquier ciclista.

Cicloturista «We ride Flanders»

Como ocurre en la mayoría de clásicas, existe una versión cicloturista de la carrera en la que ciclistas amateurs tienen la oportunidad de experimentar y vivir en primera persona la experiencia que supone correr una prueba como esta.

En nuestro caso, teníamos muchas ganas de venir a Flandes a disfrutar de un gran fin de semana repleto de ciclismo y, como ya hicimos hace un par de años en la Paris-Roubaix, decidimos tomar parte de la Ronde Van Vlaanderen Cyclo y conocer de buena mano, la dureza que esconden los “muros”.

La versión más larga de esta prueba es de 229 km, en la que encontramos varios tramos de auténtico adoquín belga, y 16 muros, incluyendo algunos tan famosos como el Kapelmuur, el Oude Kwaremont o el Paterberg en los cuales se han vivido grandes momentos del ciclismo.

Salíamos desde el centro de Antwerp y las primeras horas pasan rápido, circulas por carreteras sin circulación y al ser llano se puede ir a un buen ritmo. A partir del kilómetro 70 ya empieza a aparecer un poco de desnivel y antes de llegar al 100 ya has probado el primer segmento de pavé. En este punto las primeras caras de asombro por la dureza de este terreno ya empiezan a aparecer entre los participantes. Unos kilómetros más tarde ya empiezas a encontrarte con los primeros muros pero la verdadera carrera empieza en el 170, a falta de 60 kilómetros es cuando se pone la cosa seria y viene la parte más exigente y los tramos más duros de todo el recorrido, aunque la euforia y los ánimos de la gente te  contagian y te hacen olvidar el dolor y el cansancio y superas uno a uno cada metro sin mirar atrás. Una auténtica experiencia.

Por último, destacar la organización que hay detrás de estas pruebas cicloturistas, el gran trabajo que realizan y que siempre están a un nivel altísimo, facilitando todo tipo de servicios a los corredores y con una gran participación (en esta edición éramos, nada más y nada menos que 16.000 personas).

Ronde Van Vlaanderen

Aún con la resaca de cansancio en nuestras piernas del día de antes, madrugamos un día más y nos dirigimos a una de las zonas estrella de la carrera y uno de los muros más esperados por los espectadores, el famoso Kwaremont.

A pesar de la gran cantidad de público, pudimos encontrar algún hueco para poder disfrutar de la primera pasada por este punto (en carrera pasan más de una vez por este mismo tramo antes de finalizar la carrera). Tal y como nos pasó en París Roubaix hace un par de años, nos quedamos perplejos de ver cómo escalan los muros y aún guardan fuerzas para lanzar continuos ataques con la intención de romper el pelotón y conseguir abrir hueco de cara al tramo final de la prueba.

Después del primer paso por esta zona, decidimos cambiar de localización y probar suerte con Paterberg, el último muro antes de meta y por el cual también pasarían, al menos, una vez más.

Tuvimos una gran suerte y conseguimos un buen sitio justo al inicio del muro, donde pudimos disfrutar de todo el espectáculo que, tanto chicos como las chicas, nos brindaron en esa durísima zona con pendientes de hasta el 20%. Por supuesto, vimos de primera a Alberto Bettiol, del Education First, luchando contra su cabeza y el dolor de piernas, subiendo aquel durísimo segmento como si no hubiese un mañana. Sin palabras.

No cabe duda que toda carrera de ciclismo es emocionante pero las grandes clásicas tienen esa magia tan especial en la que se une una afición alucinante, la dureza de cada carrera y la incertidumbre de no haber claros favoritos, es un clásica, todo puede pasar.